martes, 27 de marzo de 2018

HOMOFOBIA, SOBRE EL HORROR Y SUS CAMINOS



 “Simplemente nos olvidamos de que tal conflicto era el resultado de una elaboración a nivel intelectual que venía desarrollándose desde hace mucho tiempo. Antes de que haya habido muertos en las batallas y torturados en los campos de prisioneros, se había destruido al enemigo en libros, panfletos, y numerosas reuniones en las universidades y academias. Debemos mirar de frente esta terrible verdad: la intolerancia tiene, casi por principio, raíces intelectuales”
Wolf Lepenies





I PARTE:                                DEL HORROR Y OTROS RELATOS

Hace ya 6 años que conocimos con horror el crimen de Daniel Zamudio([1]). Torturado y asesinado sólo por su condición de homosexual, parte de esas acciones son así descritas por uno de los participantes: “Va el Raúl, se sienta encima del pecho del Daniel, le pesca la cabeza de las orejas y la comienza a azotar en el suelo y empieza a pegarle combos, demorándose sólo en eso unos 15 minutos. El Raúl se para y comienza a pegarle una patada en la cabeza. Alejandro orina nuevamente a Daniel y dice: tengo ganas de cagarlo encima. Luego el Pato da vuelta a Daniel y le quiebra otra botella de ron en la cabeza, pesca el gollete y le hace dos esvásticas en la espalda, diciéndole al Alejandro: aprende, así se hacen los cortes'"([2]).

A fines de junio de 2016, Gabriel Figueira Lima, de 21 años, fue acuchillado en el cuello en una ciudad en Amazonas, y abandonado mientras se le dejaba morir. Días antes, los profesores Edivaldo Silva de Oliveira y Jeovan Bandeira, también fueron asesinados y sus restos aparecieron calcinados en el portamaletas de un auto en llamas. En esos mismos días, Wellington Júlio de Castro Mendonça, fue masacrado y apedreado hasta la muerte cerca de una carretera en una ciudad al noroeste de Río([3]). A ninguna de esas víctimas les robaron nada y todas tenía algo en común, eran LGTB([4]). El título del New York Time en español que da cuenta de estas noticias es clarificador: “Brasil enfrenta una epidemia de violencia contra las personas homosexuales”
En diciembre de 2017 conocimos por las redes sociales la agresión a Jonathan Castellari, fotógrafo y diseñador multimedial en Buenos Aires, que así cuenta parte de la historia “Estábamos esperando el pedido cuando entró un grupo de ocho pibes. Primero empezaron a insultarme, después comenzó la pesadilla. Me vi en el piso, bañado en sangre, completamente indefenso. Me pegaban piñas y patadas, mientras me decían “comé por puto”, “tomá, puto de mierda”. Hay un grito que nunca voy a olvidar: “Hay que matarlo por puto”([5]).

¿Qué hace que conductas de esta naturaleza se repitan a menudo y en distintos países? ¿Qué puede hacer que madres  o padres rechacen a sus hijos, por su condición sexual?([6]) ¿O que miles de personas se manifiesten contra la igualdad de derechos? Más aún, ¿Qué puede hacer que desconocidos asesinen a alguien por su condición sexual? . En definitiva, ¿Qué hace que la condición de LGBT sea tan terrible de vivirse, que quienes tienen esa condición tengan una mayor probabilidad de abandonar los estudios, tengan una mayor tasa de suicidios , problemas mentales o que hayan sido agredidos físicamente mucho más que el resto?

Como en toda conducta humana, incluyendo la delictiva, existen múltiples factores que se asocian de manera significativa a la génesis de esas conductas, y que ayudan a comprenderlas, que no necesariamente a justificarlas. Así por ejemplo, en el caso de Daniel Zamudio probablemente hay factores predisponentes asociados a los agresores, (personalidad agresiva, percepción de impunidad, consumo abusivo de alcohol al momento de los hechos, …) factores de vulnerabilidad de la víctima, (homosexualidad explícita] , imposibilidad de oponer resistencia), circunstancias desencadenantes específicas del momento (nocturnidad, ventaja numérica, etc.). En los crímenes de odio (racismo, homofobia, xenofobia…) sin embargo, hay un sustrato común a todos ellos, que ayuda a entender la conducta de quienes han dado lugar al horror, la desvalorización, el desprecio, en definitiva, la deshumanización del otro.

Durante más de 17 siglos, la conducta homosexual ha sido calificada bajo diferentes etiquetas, entre ellas, “pecado nefando[7]”, “pecado contra natura”([8]), “delito”, “enfermedad”, “degeneramiento”, “depravación”, “vicio”, etc., todas expresiones absolutamente descalificadoras de quienes tiene esa condición, todas ellas justificadoras, en mayor o menor grado de una cultura del dolor, del terror, del horror. Porque horror no es sólo la muerte, la tortura o la cárcel de quien teniendo la condición de homosexual ha sufrido directamente esas situaciones. No, el horror es más generalizado. Horror es también lo que han sufrido quienes teniendo la condición de homosexuales, han pasado días, meses, años, la vida entera escondiéndose, temiendo que se les identifique y se les haga pasar esos horrores. Horror es también lo que han pasado quiénes sin ser homosexuales, por alguna razón han sido acusados, o han temido serlo, de tal situación. Horror es haber pasado la vida escondidos, ocultando su condición, viviendo a medias, ocultos en el closet, para no ser tratados como parias. Horror es haber sido tratados como parias, como enfermos, como motivos de burla; horror es haber tenido que soportar “tratamientos”, para una condición que no es enfermedad, que no se cura. Horror es sentir culpa por ser como se es. Horror es también haber sido madre, padre, hermano, hijo, amigo de aquel a quien están quemando, torturando, encarcelando o persiguiendo.

Ahora bien, ante un mundo capaz de crear y difundir esto horror necesariamente surgen preguntas relevantes ¿Cómo y quién ha construido esa realidad social que permite que en muy diferentes ciudades de esta cultura americana, se puedan cometer estos crímenes de odio que poseen ese común denominador? ¿Quién o quiénes son responsables de esa cultura del dolor, del terror, del horror?

Si decimos “todos”, en verdad decimos nadie. Pero además no es efectivo.  Si es que fuera posible encontrar una responsabilidad compartida, ella sería mínima. Porque claramente no todos tenemos el mismo nivel de responsabilidad. Hay verdaderos responsables de esta situación.

La realidad colectiva se construye a partir de la acumulación de información (verdadera o falsa) que se va integrando de forma más o menos coherente en la conciencia social, a través de diferentes procesos, que terminan por legitimarla. De este modo, esa información, se transforma en verdad no cuestionada, en realidad indiscutible, que se repite a través de múltiples elementos de la propia realidad, ya sea a nivel de lenguaje o de acción.

A nivel de discurso, en la enseñanza familiar, escolar, religiosa, universitaria incluso; pero no sólo en ellas, también en los medios de comunicación masivos, en la prensa, en las revistas, en la conversación cotidiana, en el chiste escuchado a un cercano o a un profesional de hacer reír en la radio o la televisión. Pero no sólo en el discurso verbal o escrito, también en la acción. Así, la homofobia que lleva al horror es resultado de este proceso de deshumanización del otro, en el discurso y en los hechos.

Desde la perspectiva individual, el origen de la homofobia generalmente se remonta a los primeros años de la infancia, cuando los niños, sin capacidad alguna de crítica de lo que reciben, empiezan a internalizar el mundo que perciben no como uno entre los múltiples posibles, sino como el único real, el único legítimo.

Estas etiquetas que degradan y estas conductas, que en definitiva significan la deshumanización del otro y que en nuestro país fueron el principal sustrato ideológico de la tortura durante la dictadura([9]), son también la principal fuente de justificación ideológica de las conductas criminales contra las comunidades LGBT.

Wolf Lepenies, probablemente uno de los sociólogos que más ha estudiado el influjo de la cultura en la vida política y en la vida cotidiana, da cuenta con claridad meridiana de un aspecto muy poco destacado por el mundo intelectual, precisamente el rol de los intelectuales en la entrega de un sustrato ideológico que justifica las peores atrocidades contra el “otro”, cualquiera que éste sea. Como dice este autor, “Antes de que haya habido muertos en las batallas y torturados en los campos de prisioneros, se había destruido al enemigo en libros, panfletos, y numerosas reuniones en las universidades y academias”.

Surge de este modo la pregunta sobre quién o quiénes son aquellos intelectuales que más incidencia han tenido en la formación moral e ideológica de la sociedad occidental, que en parte importante ha llegado a identificarse con el llamado “sentido común”.

Y frente a esta pregunta, no hay dos respuestas. En nuestra cultura occidental, los “intelectuales” colectivos por excelencia, aquellos que desde hace más de 1700 años¸ han sido quienes han dictado las pautas más generalizadas de conducta y la justificación de ellas, y ante millones de personas aún lo siguen siendo, son las iglesias cristianas. Son ellas, primero como Iglesia Católica y luego en conjunto con las iglesias protestantes, las que han modelado los patrones de conducta de millones de seres humanos, que han buscado, o simplemente recibido de ellas los parámetros sobre lo está bien y lo que está mal, sobre lo que es legítimo y lo que es ilegítimo.  Directamente, a través del catecismo, de la enseñanza en los colegios, de la prédica en las misas y en general de las distintas manifestaciones pedagógicas de la Iglesia, o indirectamente, a través de leyes promulgadas por la autoridad civil, pero que se inspiran o directamente obedecen los mandatos de la Iglesia. Y si de lo que se trata es de “moral sexual”, ello es más relevante aún, pues ésta ha sido una preocupación permanente de la Iglesia Católica, que adquiere dimensiones de obsesión desde los tiempos de Agustín de Hipona, San Agustín (354 – 430). 

Y de ahí sale precisamente nuestro planteamiento, son precisamente esos “intelectuales colectivos” las iglesias cristianas, los principales responsables del horror, de la cultura de la muerte que históricamente se ha levantado en torno a las comunidades LGBT y que se mantiene hasta el día de hoy en las mentes de millones de personas, y en los discursos de odio que, con menor fuerza por cierto que hace algunos siglos, siguen promoviendo distintos representantes de dichas iglesias.

A nuestro entender, dos son las líneas probatorias que nos permiten verificar el origen de la homofobia actual en el seno de la cultura occidental, la comprobación del desarrollo histórico de las conductas homofóbicas de connotación social, y el análisis de los fundamentos ideológicos de los planteamientos homofóbicos.





II PARTE:                               RAÍCES Y CAMINOS DEL HORROR (pendiente)

III PARTE:                             SALIDAS DEL HORROR (pendiente)



En recuerdo de Daniel Zamudio, a quien particulares le quitaron su vida, inspirados en el discurso del horror.

En homenaje a mi ex profesor Sergio Monje Solar, artista y educador, a quien el Estado le malogró su vida, inspirado también en el discurso del horror.

Santiago, marzo de 2018


[1] Daniel Zamudio fue agredido la noche del 2 de marzo de 2012; internado esa misma noche en la Posta Central con múltiples lesiones, y sin recuperar la conciencia, falleció el 27 de marzo del mismo año

[3]  JACOBS, ANDREW “Brasil enfrenta una epidemia de violencia contra las personas homosexuales” En New York time en español, 5 de julio 2016. Disponible en https://www.nytimes.com/es/2016/07/05/brasil-enfrenta-una-epidemia-de-violencia-contra-las-personas-homosexuales/

[4] En un comienzo la expresión LGBT representó a lesbianas, gay, bisexuales y transexuales. Con el tiempo algunos grupos diferentes, asexuales, transgéneros, etc., quisieron que se agregaran más letras a la expresión. A fin de evitar que la sigla fuera variando en el tiempo, algunos prefirieron agregar el signo más (LGBT+). En la actualidad la expresión LGBT ha adquirido un amplio sentido, que incluye también a quienes se sienten pertenecientes a comunidades no incluidas en esas cuatro letras, que es precisamente el sentido que le damos aquí.

[6] “http://www2.latercera.com/noticia/hija-vocera-bus-la-libertad-progenitora-no-familia/

[7] Nefando “Que causa repugnancia u horror hablar de ella”.

[8]  Sodomía: Del lat. tardío  sodomīa, y este der. de Sodŏma, ´Sodoma´ciudad que según la Biblia fue destruida por Dios a causa de la depravación de sus habitantes (Dicc. Real Academia).

[9] Un alcohólico almirante, integrante de la Junta de Gobierno de la dictadura diría en un momento “Hay dos tipos de seres humanos: Unos que los llamo humanos y otros, humanoides. Los humanoides pertenecen al Partido Comunista”.



jueves, 15 de marzo de 2018

SEXUALIDAD E IGLESIA CATÓLICA



La visión católica de la conducta sexual se remonta a los primeros años del cristianismo, aunque curiosamente bien pude estimarse que tiene poco de origen cristiano. Al menos si cristiano lo hacemos sinónimo de caridad cristiana, de perdón a los pecadores y de palabras y enseñanzas de Cristo.

Las raíces de esta visión se han extraído esencialmente de dos fuentes, doctrinas helénicas tomadas tempranamente por el cristianismo, especialmente el pensamiento estoico, para quien el placer perturbaba la razón humana, y una selección interesada de textos del Antiguo y Nuevo Testamento.

Y decimos selección, porque en materia de sexualidad, como en todo tema moral, la Biblia contiene un conjunto de enseñanzas variadísimas, que asumiendo la modalidad de normas de origen divino o de sucesos promovidos por Dios, muchas resultan contradictorias entre sí, y algunas moralmente tan repulsivas, para todo tiempo y lugar, que ya en los comienzos del cristianismo resultaban imposibles de promover. Un buen ejemplo de esto último encontramos en la oferta de Lot de entregar a sus dos hijas vírgenes para que las violen “He aquí ahora tengo dos hijas que no han conocido varón; permitidme sacarlas a vosotros y haced con ellas como mejor os parezca; pero no hagáis nada a estos hombres, pues se han amparado bajo mi techo” (Génesis 19.8), o en la conducta de las mismas hijas de Lot descrita pocos versículos más adelante “Un día, la hija mayor le dijo a la menor: Nuestro padre ya está viejo, y no quedan hombres en esta región para que se casen con nosotras, como es la costumbre de todo el mundo.  Ven, vamos a emborracharlo, y nos acostaremos con él; y así, por medio de él tendremos descendencia. …  Así las dos hijas de Lot quedaron embarazadas de su padre” (Génesis 19. 31-36).  

Y decimos interesada, porque, resulta obvio que la selección de textos se hizo buscando aquellos que permitían ratificar una decisión previamente adoptada, la sexualidad como actividad pecaminosa.  “No te acostarás con un varón como con una mujer; es una abominación" (Levitico 18:22), "...cuando se llegaba a la mujer de su hermano, derramaba su semen en tierra para no dar descendencia. Pero lo que hacía era malo ante los ojos del Señor", (Génesis 38:9). Si la visión de la sexualidad hubiera sido no represiva, la selección de los textos podría haberse extraído del Cantar de los cantares por ejemplo “La juntura de tus muslos son como goznes, o charnelas, labrados de mano maestra. Es ese tu seno cual taza hecha a torno, que nunca está exhausta de preciosos licores. Tu vientre como montoncito de trigo, cercado de azucenas. Como dos cervatillos mellizos son tus dos pechos. (Cantar de los Cantares VII, 1-3).

Y decimos poco cristiana, porque lo que menos posee es origen evangélico. De hecho, si bien en estos hay algunas referencias, al matrimonio por ejemplo, (El hombre dejará padre y madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne (...) por lo tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre" (Mateo 19:5-6), son limitadas, y se encuentran cruzadas por la idea del perdón, como cuando refiriéndose a la mujer adúltera Jesús dice “El que de ustedes esté sin  pecado sea el primero en tirar una piedra" (Juan 8:7.). Por el contrario, frente al perdón de Cristo a la adúltera, se ha preferido a Pablo, que precisamente no la perdona “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (Primera epístola a los Corintios, 6: 9-10).

Ya Orígenes, (185-254) el principal intelectual cristiano con anterioridad a Agustín, menciona entre los tres mayores pecados, la idolatría, el adulterio y la fornicación, dos pecados sexuales. Pero la consolidación de esa doctrina, con sus ribetes más represivos y anti naturales, la verdadera obsesión católica por el pecado sexual, se da a partir de los textos del Obispo de Hipona, Agustín (354-430).

Consagrado santo por la Iglesia, San Agustín es el pensador más importante de la Iglesia en sus primeros 1.000 años. Maniqueo primero y converso al cristianismo después, dedica parte importante de sus textos a “confesar” su vida de pecador, en la que el pecado sexual tiene especial relevancia, y a arrepentirse de ella,. (“De mí se exhalaban nubes de fangosa concupiscencia carnal en el hervidero de mi pubertad, … y arrastraban mi debilidad por los derrumbaderos de la concupiscencia en un torbellino de pecados” …”¿Por dónde andaba yo, … cuando le concedí el cetro a la lujuria y con todas mis fuerzas me entregué a ella en una licencia que era indecorosa ante los hombres y prohibida por tu ley?” ([1])“Vine a Cartago y caí como en una caldera hirviente de amores pecaminosos” ([2]), Particularmente importante parece haber sido el texto de Pablo ya citado, pues el propio Agustín señala: "Este combate, que yo experimentaba en mí mismo, me hacía entender claramente aquella sentencia que había leído en el Apóstol: que refiere como la carne tiene deseos contrarios al Espíritu y el Espíritu los tiene contrarios a la carne"([3]).

En definitiva, la visión de la sexualidad de Agustín, que marcará a la Iglesia por más de mil quinientos años se puede resumir en tres puntos:

1.  La sexualidad humana es una actividad a nivel instintivo, por lo tanto equiparable a la de los animales y constituye en lo esencial un pecado.
2. Dado su carácter pecaminoso, sólo se justifica en cuanto va encaminada a la procreación.
3.  El matrimonio constituye un estado que procura la procreación y la fidelidad, por lo que es por tanto una barrera al adulterio.

La visión culposa de la sexualidad se inserta por lo demás en una visión culposa del ser humano que traspasa a toda la Iglesia durante siglos. Sólo así es posible entender, en Agustín de Hipona frases como “¿Quién me recordará los pecados de mi infancia? Porque nadie está libre de pecado ante tus ojos, ni siquiera el niño que ha vivido un solo día”([4]). O la invención del “limbo de los niños”, como lugar o estado para los niños no bautizados, que no habían cometido pecado personal alguno, pero que al no haberse liberados del pecado original, tampoco merecían el cielo.

Tomás de Aquino, por su parte, “él” otro gran pensador cristiano, asumió la idea de la procreación como la finalidad del matrimonio, y profundizó en el estudio del pecado sexual distinguiendo entre “pecados contra la naturaleza” (sodomía, por ej.) y “según la naturaleza”, (lujuria por ej.).

La actitud tradicional cristiana ante la sexualidad es tan negativa que sólo la reproducción podía justificar una actividad de esa naturaleza. Durante más de mil quinientos años el sexo es condenado y denigrado, llegándose incluso a la determinación de las posturas que se debían utilizar, para evitar cualquier posibilidad de disfrute físico.

La uniformidad de esta visión negativa de la sexualidad se rompe a partir de 1517, con la reforma protestante, pues Martín Lutero no sólo rechaza la visión del sexo como pecaminoso, sino que declara que el sexo es un regalo de Dios, mientras esté confinado al matrimonio, pero continuó invariable en la Iglesia Católica.

Será necesario llegar a mediados del siglo XX para tener los primeros, y tibios cambios en este ámbito. Y una vez más, como resultado de descubrimientos laicos que cuestionan enseñanzas milenarias de la Iglesia. Un verdadero golpe para ella fue el descubrimiento, en la década del 30, de los días de infertilidad de la mujer. La existencia de un período de infertilidad natural, y aún mucho más largo que el de fertilidad, hacía evidente que “en el plan de Dios”, la sexualidad humana no podía estar únicamente encaminada a la procreación. Ello obligó a revisar el enfoque que hasta ese momento se había sostenido. El primer cambio significativo lo dio Pío XII, que en 1951 acepta la legitimidad de la actividad sexual durante los días que la mujer no puede concebir y por tanto la legitimidad de actividad sexual destinada consciente y voluntariamente a no concebir. Como lo señala Cristian Barría, médico psiquiatra creyente, investigador del Centro Teológico Manuel Larrain “… esta aceptación moderna de Pío XII surge como la primera innovación doctrinal importante en materia sexual desde Agustín”([5]). Por primera vez “En el siglo XX, el amor y el placer conyugal empezaban a tener un espacio legítimo en la moral sexual”([6]).

El descubrimiento de la píldora anticonceptiva esta vez altera sustancialmente la conducta de las católicas, que poco a poco se van convenciendo de la legitimidad de su uso, no obstante las reiteradas condenas que la iglesia pronuncia sobre la materia.

A pesar de ello se sigue rechazando el uso de mecanismos anticonceptivos.

Durante el Concilio Vaticano II, un masivo grupo de teólogos y obispos hicieron esfuerzos importantes por profundizar en la ruptura con la visión pecaminosa de la sexualidad y la procreación como objetivo central de la actividad sexual humana. El surgimiento de la píldora anticonceptiva hizo creer a muchos en la posibilidad de un cambio radical en la Iglesia, que, se esperaba, se refiriera también al celibato sacerdotal. Después de todo se trataba de una visión no sólo conservadora de la sexualidad, sino alejada de la más elemental naturaleza humana, toda vez que el deseo sexual se mantiene en la mujer de manera permanente en períodos fértiles o no, y permanece incluso mucho más allá de la pérdida definitiva de la fertilidad. Pero no ocurrió así. El avance fue mínimo. Terminado el Concilio, muerto Juan XXIII que lo había citado, durante el Pontificado de Pablo VI, se publica la encíclica Humanae Vitae, que reitera la doctrina de la Iglesia sobre el aborto, y condena tajantemente el uso de métodos anticonceptivo, salvo cuando estos procedimientos se limitan a la abstinencia sexual durante los días fértiles. La encíclica subraya que el acto conyugal no puede separar los dos principios que lo rigen: el unitivo([7]) y el procreativo.

Desde un comienzo esta encíclica recibió el rechazo de millones de católicos. Sólo en Estados Unidos la lista de teólogos que la cuestionaban llegó rápidamente a los 600([8]). Una de las críticas más repetidas, es que no aporta razones justificativas de sus afirmaciones, y sólo se impone autoritariamente a los fieles([9]).

El pontificado de Juan Pablo II significó un verdadero retroceso en materia moral. No sólo se centró en los aspectos sexuales, -dejando de lado lo avanzado en materia de solidaridad y compromiso con los pobres- sino que además retomó visiones medievales en estas materias.

En 1985, el Catecismo Cristiano ratifica dicho planteamiento consagrando una disposición incomprensible hoy para millones de católicos: “La lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión”([10]).

En la actualidad se vislumbra una clara distinción entre la visión de la sexualidad humana que se expone en las declaraciones de la jerarquía vaticana, con la que manifiestan millones de fieles católicos. El vaticano sigue con una mirada pecaminosa de la sexualidad, en la que la procreación constituye el objetivo central que le da licitud a las relaciones sexuales y sólo cuando éstas ocurren dentro del matrimonio. Dicha visión ha sido abandonada, en la práctica, por millones de mujeres, cuya conducta sexual se encuentra cada vez más alejada de dichos cánones, especialmente en materias de anticoncepción, relaciones sexuales fuera del matrimonio, y homosexualidad, así como por decenas de teólogos, principalmente especialistas en “teología moral”, que discrepan con la autoridad precisamente frente a los temas señalados. Al parecer muchos comparten la idea que Enrique Miret M, teólogo miembro de la Asociación de Teólogos Juan XXIII expone cuando señala que “La teología católica tiene como principio básico que “la gracia no destruye la naturaleza, sino que la desarrolla y la perfecciona”… “Y, por eso, desde todos los puntos de vista, psíquico, médico, humano y religioso, fracasa cualquier decisión eclesiástica que vaya contra los principios fundamentales de la naturaleza”([11]).


[1] AGUSTÍN, SAN, “Confesiones”, Colección Filosofía y Teoría Social, Libros en Red, Libro II, disponible en http://www.iesdi.org/universidadvirtual/Biblioteca_Virtual/Confesiones%20de%20San%20Agustin.pdf
[2] AGUSTÍN, SAN, op. Cit. Libro III, Cap. I,
[3] AGUSTÍN, SAN, “Confesiones”, Libro VIII, Cap. V,
[4] AGUSTÍN, SAN, op. Cit. Libro I, Cap. VII,
[5] BARRIA CRISTIAN, “Cambios en la moral sexual católica. Una mirada desde la historia”. Disponible en http://servicioskoinonia.org/logos/articulo.php?num=116
[6] BARRIA CRISTIAN, op. cit.
[7] Referido especialmente al texto  de Mateo: 19, 3-6
[8] BARRIA CRISTIAN, op. cit.
[9] MOLINA, ENRIQUE, “La evolución de la teología Moral Católica a lo largo del siglo XX”. Disponible en http://www.almudi.org/articulos/1361-la-evolucion-de-la-teologia-moral-catolica-a-lo-largo-del-siglo-xx
[10] Catecismo Cristiano, canon 2351
[11] MIRET MAGDALENA, ENRIQUE, “Nadie puede poner barreras ficticias a lo natural”, prólogo “Desde la teología”, al libro “La vida Sexual del Clero”, de Pepe Rodriguez, Ediciones B, S.A., Argentina, 2001, pág. V.

jueves, 16 de noviembre de 2017

DELITOS SEXUALES CONTRA MENORES
¿DELITOS IMPRESCRIPTIBLES?
SI!!!!

Fernando García Díaz, abogado, Mg DP

Cada cierto tiempo, y generalmente como consecuencia de una denuncia pública que concluye con el hecho de encontrarse prescritos los delitos denunciados, surge la propuesta de legislar, haciendo imprescriptible el ejercicio de la acción penal cuando a la fecha de los delitos, las víctimas eran menores de edad. Junto con esos planteamientos, suelen surgir otros que rechazan dicha propuesta. En términos muy generales, lo que significa claramente que hay excepciones, en el primer grupo están las víctimas, las agrupaciones que se preocupan de ellas, y algunos políticos con verdadero interés en las víctimas y otros más bien subidos al carro de obtener más aprobación popular, y en el segundo grupo especialistas en derecho penal.

El principal argumento para proponer la imprescriptibilidad parece ser el alto porcentaje de impunidad que como consecuencia de la tardía denuncia se produce. El principal argumento para rechazarla, la existencia de un sistema penal que sanciona la prescripción como regla general y considera la seguridad jurídica como un valor superior. Son ilustrativas en este último sentido las palabras del abogado penalista Juan Pablo Mañalich “Me parece problemático que para un ámbito delictivo particular se establezca un régimen absolutamente excepcional que sería de imprescriptibilidad, en circunstancias de que el derecho vigente para la generalidad de los otros delitos prevé plazos de prescripción acotados. Soy partidario que en una revisión más sistemática se fijen plazos de prescripción considerablemente más largos que los actuales, sin establecer excepciones”.

Sobre el tema, nos parece necesario considerar algunos elementos de contexto, y otros de fundamentación.

Sobre los elementos de contexto, lo primero, recordar que la prescripción de todo tipo de delitos, incluyendo los más graves, procede de la tradición europea continental, de donde proviene nuestro modelo penal; pero que la tradición jurídica anglosajona contempla la imprescriptibilidad en múltiples situaciones.

Lo segundo, no sólo que obviamente estas diferentes tradiciones jurídico penales no pueden estimarse herméticas a los cambios, y menos hoy, en tiempos de globalización en todos los niveles, sino que nuestro propio sistema ya ha incorporado elementos jurídicos del modelo anglosajón, como ocurre con el estándar de evidencia “más allá de toda duda razonable”, claramente ajeno a nuestra tradición de prueba reglada, y la responsabilidad penal de las personas jurídicas, (Ley 20.393) elemento absolutamente extraño a nuestra tradición jurídico penal, en donde la regla era que las personas jurídicas no delinquen y que sólo lo hacen las personas naturales que actúan por ellas. Más aún, nuestro ordenamiento jurídico, siguiendo esta vez la tradición del derecho internacional, ya considera algunos delitos como imprescriptibles, como ocurre en la ley 20.357, que “Tipifica crímenes de lesa humanidad y genocidio y crímenes y delitos de guerra”, en cuyo artículo 40 se lee “La acción penal y la pena de los delitos previstos en esta ley no prescriben”. En este caso, la gravedad de los delitos y las dificultades para denunciarlos han llevado a los legisladores de muy diferentes países a declarar la imprescriptibilidad de ellos.

Aclarado lo anterior, y entrando de lleno en la fundamentación de la imprescriptibilidad en el caso de los delitos sexuales contra menores, nos parece que, más que la “gravedad” del delito, entendida en el sentido tradicional que se ha empleado, que fundamentalmente dice relación con la valoración abstracta del bien jurídico afectado y  que lleva por ejemplo a sancionar más gravemente los delitos contra la vida que los delitos contra la libertad sexual, lo verdaderamente relevante para promover la imprescriptibilidad, es el proceso traumático que genera y que explica la tardanza con que la víctima suele efectuar la denuncia, y derivado de ello, la impunidad en que puede quedar la comisión del delito. Si esto se quiere trasladar al lenguaje penal más tradicional, podríamos sostener que además de la libertad sexual, se afecta la integridad psíquica del sujeto, y el libre desarrollo de la personalidad.

Y aquí es necesario detenernos un momento. La verdad es que la tardanza en la denuncia se explica, a menudo, en un elemento de realidad que sólo se ha podido identificado en las últimas décadas, y que no es común con la mayoría de los otros delitos, el altísimo poder de victimización psicológica que posee el delito sexual. Más aún, es probable que este tipo de delito sea el único en que se dan con tanta frecuencia las tres principales categorías de victimización, primaria, secundaria y terciaria. (La legislación penal en su versión actual, producto especialmente de las modificaciones realizadas a partir de 1999, de alguna manera parece intuir esta situación, ya que emplea la expresión víctima 19 veces, dentro de las 33 que se emplean en total en el CP.)

Si cualquier hecho violento genera una víctima, (victimización primaria), en el caso de los delitos contra la libertad sexual en menores, (indemnidad sexual en el lenguaje más común) y más allá del daño físico que el acto pueda generar, la agresión, como pocos delitos (trata de personas, secuestro, tortura, y algún otro más) es capaz de producir una situación traumática excepcional.

Cualquier situación traumática es consecuencia de la relación entre al menos dos tipos de elementos, el evento real externo y la forma en que el sujeto experimenta en su psiquismo esa vivencia. Es decir, no se trata sólo del hecho, sino de la forma como este se vive y se procesa psicológicamente. Por supuesto que cada vivencia varía de una persona a otra, pero en general la situación de amenaza, indefensión, humillación, abuso, que experimenta el niño, pueden producir un verdadero caos emocional, capaz de generar estados devastadores sobre su autoestima, sobre su personalidad, que vivencialmente permanezcan relevantes por décadas, y aún por toda la vida. Esta situación es aún más grave cuando el abuso sexual es prolongado, sistemático, y por tanto se han acumulado experiencias de abuso, como ocurre en la mayoría de las veces en el caso de menores, y se da en el contexto de una relación de sometimiento, subordinación y permanente manipulación de la psiquis de la víctima, no sólo desde el poder que otorga el ser adulto sobre un menor, si no a menudo también una autoridad adicional sobre ella, que puede estar dada por la condición de guía espiritual, familiar cercano, dependencia económica, etc. No es infrecuente además que producto de la manipulación, el menor víctima del delito sexual, vivencie una doble realidad, por un lado, sufrirlo como agresión de un tercero y por otro sentirse culpable por lo que le ha pasado, o por no denunciarlo, y como consecuencia, despreciable por ello.

Ahora bien, pasada la agresión, queda el recuerdo de ella, pero el recuerdo no es la realidad misma, sino una interpretación que se hace de ella, y en este caso, ligada fuertemente con la emocionalidad. La experiencia traumática vivida queda impresa como pensamientos, sentimientos y vivencias que afectan todo el ser de quien la experimenta y si no se trata, como también ocurre la mayoría de las veces de los casos de menores en que no hay denuncia, los recuerdos aumentan la dificultad para superar el problema y prolongan en el tiempo el proceso traumático. No es infrecuente encontrar incluso procesos patológicos de memoria, como recuerdos espontáneos, involuntarios, que escapan al control de la víctima y surgen ante situaciones ambientales que el sujeto consciente o inconscientemente asocia al proceso traumático y revive la experiencia.

La denuncia que permite suspender la prescripción de la acción penal significa, desde el sujeto, dos actos relevantes, y ambos perturbadores. El recuerdo de él o los episodios traumáticos, es decir, en algún sentido, “revivir” las emociones y sensaciones experimentadas durante el episodio traumático, o sea volver a vivirlas mentalmente. Y por otro lado, narrar esa vivencia en un proceso judicial frío e impersonal, ante terceros total y absolutamente ajenos a la vida de la víctima, (victimización secundaria).

La víctima sabe, tal vez no con detalles, pero si en términos generales, que si denuncia el hecho, el trato que recibirá en su relación con los profesionales policiales, sanitarios o de los servicios judiciales, generará un segundo proceso de victimización. Múltiples interrogatorios, reconstrucción de los hechos, asistencia a juicios, identificación de agresores, demoras incomprensibles, falta de información básica de lo que está pasando en el proceso y todo eso para simplemente tener la esperanza de que se hará justicia, porque seguridad no hay ninguna.

Y a ello debemos agregar, cosa que no sólo no sabe la víctima, pero que lo vive, pues tampoco lo suelen saber los operadores del sistema, que si bien los recuerdos asociados a procesos emotivos pueden ser recordados de manera más clara, intensa y duradera (¿Dónde estabas el día en que atacaron las torres gemelas? ¿Y dónde estabas dos o tres días antes o después?), en los casos de memoria traumática, operan mecanismos psicológicos que al tratar de mantener la estabilidad emocional del sujeto, producen el efecto contrario, generándose desorganización de la memoria, recuerdo fragmentados y aún episodios de amnesia, que pueden aparentemente darle poca consistencia a la declaración, haciéndola menos creíble, generando dudas en los operadores del sistema, provocando un mayor daño en la víctima, y dificultades adicionales a la búsqueda de justicia.

Pero la nueva victimización no se limita a la que es resultado de su paso por el sistema penal, suele ampliarse a su entorno, (victimización terciaria).

Es cierto que hoy ocurre menos que hace algunos años, pero no por ello ha desaparecido. Y éste entorno puede ir desde los límites de la propia familia que es quien exclusivamente se entera de la situación, hasta el país entero, si el hecho presenta algún tipo de interés y los medios de comunicación lo transforman en noticia nacional, como ocurrió por ejemplo con las víctimas que denunciaron a Karadima, o recientemente al ex diputado Patricio Hales, pasando por el entorno laboral, de amistades, de vecinos, etc.

Desde luego, sus afirmaciones podrán ser cuestionadas, la ausencia de otras pruebas claramente lo favorece, y es altamente probable que algunos duden de las afirmaciones de la víctima. Algunos incluso sospecharán que busca ganancias secundarias o que se trata de manifestaciones de venganza por cuestiones diferentes. La situación es aún peor cuando el acusado niega los hechos y recibe el apoyo de personas cercanas a la víctima. El caso de la madre, que al defender la inocencia de su nueva pareja cuestiona a la hija, como en el caso de Hales por ejemplo, resulta particularmente perturbador para la víctima.

Por otro lado, la morbosa curiosidad que puede despertar la persona ante terceros, el estigma de “violado” o “violada”, o la simple actitud de lástima con que puede ser tratada, constituyen elementos adversos que no ayudan a facilitar la vida del denunciante y por el contrario, aumentan el nuevo proceso de victimización.

Debemos entender a los menores víctimas del abuso sexual como verdaderos sobrevientes al trauma, y el silencio por años como parte de la estructura de dicho trauma. 

La falta de denuncia oportuna, al menos en tiempo suficiente para evitar la prescripción, no es responsabilidad de la víctima, es de un sistema social y jurídico que no fue capaz de prevenir la agresión, de otorgar tratamiento, ni siquiera contención emocional, sino que incluso profundiza el daño ya causado. Castigar a la víctima declarando la prescripción, porque sólo tardíamente se atreve a denunciar un hecho que le arruinó gran parte de su vida, no sólo es injusto, sino además intrínsecamente inmoral.


Santiago, noviembre 2017